A raiz de la caída de Constantinopla en 1453, numerosos reinos autónomos se extendieron por la costa norte de África, que hoy conocemos como Magreb. Principalmente se establecieron en Túnez y Argel. Estos pueblos otomanos se dedicaban a la piratería, principalmente por el Mediterraneo, llegando a asolar las costas del levante español e Italia, que durante años quedaron prácticamente deshabitadas.. Sus fechorías llegaron incluso a Portugal, Inglaterra y Holanda, lo que llevó a que por primera vez en la historia se crease una alianza marítima internacional para acabar con estos corsarios musulmanes.
Después de secuestrar a todo aquel que encontraban a su paso, a las mujeres las vendían en el mercado musulmán de esclavos, mientras que a la mayoría de los hombres les cortaban la cabeza.
Durante estos siglos se incrementó, por tanto, la enemistad entre el islam y el cristianismo. Los pueblos costeros españoles tenían auténtico pánico a la llegada de estos corsarios, y así, en esta época en Cartagena surgió la famosa expresión 'no hay moros en la costa'.
Aunque su actividad fue mermada en varias ocasiones debido a los ataques aliados contra sus costas, los piratas berberiscos no abandonaron completamente su actividad hasta comienzos del siglo XIX, cuando Francia tomó el control de Argelia.

