En 1871, un joven pastor de Gurna llamado Ahmed Abd El-Rassul vio cómo una de sus cabras se escapaba hacia una colina. Yendo en su alcance, encontró por azar una profunda fosa tapada, a la que volvió ese mismo día con sus hermanos. Descubrieron una enorme cantidad de momias con sus ajuares, y decidieron explotar su descubrimiento poco a poco para no llamar la atención. Por ello, sólo entraron en la fosa en tres ocasiones durante diez años. Sin embargo, eso les fue suficiente para hacerse un nombre dentro de los vendedores de antigüedades, y enriquecerse hasta hacerse una enorme casa en un entorno de pobreza generalizada.
Finalmente, acabaron llamando la atención de la policía, que se valió del arqueólogo americano Charles Edwin Wilbour para descubrir el origen de dicha riqueza. Este arqueólogo empezó comprando pequeñas piezas, y al ganarse la confianza de los Abd El-Rassul, finalmente logró encontrar piezas de las dinastías XVIII y XIX que sólo podrían hallarse en una tumba real. Los saqueadores se arrepintieron enseguida de su error, e intentaron engañar al arqueólogo con una tumba falsa que prepararon, pero no pudieron. Wilbour avisó a la policía, a lo que siguieron meses de torturas y registros de la casa.
Poco después, en 1881, el mayor de los hermanos, Mohammed, temeroso de ser utilizado como cabeza de turco, declaró en lugar original de la tumba encontrada.
Sin embargo, ni el más optimista podría imaginar lo que se dio a conocer más adelante.