Desde hacía siglos, los berberiscos aterrorizaban las aguas del Mediterraneo gracias a sus prácticas de piratería, mermando principalmente el comercio español. Estos ataques estaban financiados por Venecia y Turquía, a quienes beneficiaba la existencia de auténticos pueblos corsarios en el norte de África, concretamente en Argelia y Túnez.
Los piratas berberiscos (o bereberes) asaltaban sin piedan los barcos comerciantes españoles, apresando a hombres y mujeres para su posterior venta en la ciudad de Argel como esclavos.
En 1783, una flota española comandada por Antonio Barceló fracasó en su primer intento de bombardear Argel. Para acabar con la actuación de los berberiscos, la Armada Española junto a Nápoles preparó un segundo ataque en 1784, que esta vez sí, obligó a numerosos pueblos del norte africano a rendirse e interrumpir sus actividades de piratería contra los barcos de bandera española. Al menos durante un tiempo.


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